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Al conjuro de las monsergas apenadas creció la tarde.
Yo me senté, solo a mirarte
Murió de agonía aquel día
Por mis venas la felicidad me recorría
La noche húmeda excitaba florcillas de corolas alborotadas
Yo percibía tus manos que me abrazaban así como si nada
La luna flotaba parsimoniosa junto a las estrellas amorosas
Tus labios me rozaban suaves, tranquilos como el terciopelo de las rosas
Las penumbras y el silencio se acortaban en un juego de cartas reñido
Al igual que nuestras distancias, ya no existían, solo un momento retenido
El amanecer amenazaba con sus brillos
Entre nosotros sin espacios crecía un gemido acompañando en algún rincón el canto casi apagado de los grillos

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